El IAC escribe con gratitud eterna dos nombres en su corazón: María del Carmen Navea y Juan Carlos Ríos. No se van, se transforman en memoria viva, en legado que palpita en cada rincón de nuestro instituto.
Querida, Maricarmen maestra de los primeros trazos, de las letras que se convierten en sueños, de las sílabas que marcan el ritmo del aprender.
Gracias por cada cartilla que fue más que un libro: fue un mapa hacia mundos nuevos. Gracias por tu paciencia infinita, por tu rigor lleno de cariño, por creer que cada niño y niña podía volar a través de la lectura.

Tus manos no solo enseñaron a escribir; enseñaron a nombrar el mundo.
Tu humor brillante aligeró jornadas, tu fe inquebrantable sostuvo proyectos, tu profesionalismo fue un faro.
Y tu vida, tejida entre estas paredes —tu amor con Jorge, tus hijos que crecieron aquí— nos recordó que el IAC no es solo un colegio: es un hogar.
Gracias por ser raíz y semilla, por ser la voz que susurró a generaciones: “Tú puedes”.
Querido Profe Juan Carlos, maestro de las notas que sanan, de los coros que unen, del silencio que se llena de música y sentido.
Gracias por ser el peregrino de Emaús que caminó entre nosotros, cantando la esperanza en cada misa, en cada acto, en cada corazón joven que encontró en la melodía un refugio.
Tus clases no eran solo de música; eran de sensibilidad, de disciplina hecha arte, de encuentro con lo sagrado a través de un instrumento.

Gracias por tu sonrisa franca, por tu “sí” siempre generoso, por escuchar no solo las notas falsas, sino también los latidos de quienes tenían algo que decir.
Y gracias por hacer del IAC tu familia —junto a Cecilia, Isaac, Benjamín—, porque en cada paso tuyo por estos pasillos dejabas huella de bondad y entrega.
Gracias por enseñarnos que la vida, como una partitura, se vive en compás de amor.

Queridos Profes, juntos, escribieron un libro sin título, pero con miles de finales felices en los que cada alumno que hoy lleva una canción en el alma, cada niño que descubre el placer de leer, cada joven que recuerda con cariño su paso por el IAC… ese es el epílogo vivo de su obra. Gracias por ser y formar institutanos que perdurarán en sus vidas y que tienen parte de sus enseñanzas y valores que ya están impregnados en nuestro querido y viejo puerto azul.
