Un grupo de cerca de treinta institutanos de diversos cursos vivió una experiencia misionera única en la Parroquia de Rinconada de Silva, alojando en sus dependencias y compartiendo cada momento con el Padre Diego, quien nos recibió con un entusiasmo y calidez que marcaron el tono de toda la jornada.

La travesía comenzó el jueves, cuando nuestros estudiantes, acompañados por la Profesora Rossana Contreras, se instalaron en la parroquia. El Padre Diego no solo nos abrió las puertas de su hogar, sino que nos regaló su tiempo y su sabiduría, explicándonos el verdadero sentido de las misiones y preparando el espíritu de cada institutano para lo que vendría. Esa primera noche fue de encuentro, de conocerse más allá de las aulas y de empezar a tejer la comunidad que nos sostendría durante estos días.

El viernes amaneció con la energía de quienes saben que van a entregar algo de sí. Nuestros misioneros salieron a visitar a los vecinos del sector, llevando no solo palabras, sino escucha activa y corazón abierto. Fue un primer acercamiento a la realidad rural y cultural de Rinconada de Silva, un aprendizaje en terreno que ninguna clase podría sustituir. Por la tarde, la comunidad parroquial nos acogió en una hermosa misa, donde institutanos y vecinos compartieron la fe y la alegría de estar juntos. Y como todo buen encuentro, la noche cerró con baile, risas y, por supuesto, cosas ricas que compartir, porque la fraternidad también se saborea.

El sábado madrugamos con un desayuno reparador, necesario para afrontar el desafío físico y espiritual de subir al Cristo de Rinconada. Allí, en lo alto, con la vista abarcando el valle, el Padre Diego nos guió en la oración, y ese silencio compartido entre el cielo y la tierra fue uno de los momentos más profundos de la experiencia. Tras el almuerzo, volvimos a las calles para una segunda ronda de misiones, visitando a más vecinos, conociendo sus historias y dejando que sus vidas nos interpelaran. Cada conversación, cada gesto, nos acercaba más a esa misión que no es solo ir, sino también dejarse transformar por el otro.

Ya entrada la noche, el fuego encendido en el patio de la parroquia nos reunió en un círculo de confianza. Compartimos anécdotas, canciones y silencios cómplices, y más tarde, la adoración al Santísimo junto al Padre Diego nos invitó a la intimidad con Dios, un cierre perfecto para un día de entrega y servicio.

Antes de despedirnos, tuvimos un momento de reflexión junto al Padre en la parroquia. Una dinámica especial nos permitió poner en palabras lo vivido y sellar con gratitud cada instante. Las risas, las oraciones, el cansancio y la emoción se mezclaron para dejar en cada institutano una huella imborrable. Estos días no solo nos acercaron a la comunidad de Rinconada de Silva, sino que nos acercaron más los unos a los otros, fortaleciendo nuestra identidad como Pastoral Juvenil del IAC.

Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento al Equipo de Pastoral del IAC, liderado por nuestra Directora de Formación, Susana Campos, cuya visión y apoyo hicieron posible esta iniciativa. Un reconocimiento especial a la Profesora Rossana Contreras, quien nos acompañó desde el primer día con su entrega incondicional, y a la Profesora Daniela Rodríguez, que junto a ella organizaron por primera vez estas misiones para nuestra Pastoral Juvenil, abriendo un camino que esperamos sea el primero de muchos.

Y, por supuesto, nuestro más profundo agradecimiento al Padre Diego, quien nos recibió en su hogar, en su parroquia, y nos mostró con su ejemplo el rostro más cálido de la fe. Gracias por abrirnos las puertas de Rinconada de Silva y por hacernos sentir parte de su hermosa comunidad.

Institutanos, llevamos en la mochila no solo recuerdos, sino un compromiso renovado, seguir siendo misioneros donde estemos, con la certeza de que la misión no termina cuando volvemos a casa, sino que comienza cada día en nuestra vida cotidiana. Gracias a todos los que hicieron posible esta experiencia transformadora.